Escaparate

#ModernLove: ¿Necesitas localizarme? Pregúntale al hombre que me vende jamón

Catherine Down / The New York Times | Sábado 15 Septiembre 2018 | 13:29 hrs

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El hombre que me vende jamón es la primera persona que se daría cuenta si estuviera muerta. La experiencia respalda esta afirmación.

Cuando mi abuela murió inesperadamente hace tres años, me fui de París para asistir al funeral sin advertírselo a ninguno de los tenderos locales. Eso provocó que el vendedor de embutidos creyera que estaba muerta.

Alarmado por mi ausencia continua, y consciente de mi ruta diaria de compras culinarias, fue de prisa con el encargado de la vinatería para ver si tenía noticias de mí. Soy el equivalente humano a un perro extraviado que vaga de tienda en tienda en busca de alguien que me dé un bocadillo.

Mi vendedor habitual de vino tampoco me había visto en días, así que llamó a mi amigo, quien le contó sobre la emergencia familiar. Cuando por fin regresé de Boston, no hubo necesidad de explicar adónde había ido; se lo habían avisado a todo el vecindario. Me recibieron con abrazos, condolencias e incluso chocolates.

La tienda de jamón apenas es más grande que un ataúd y está llena, del piso al techo, de cortes de cerdo. Ahí me gusta comprar “bolas de nieve”, albóndigas de salchicha rellenas de trufas negras y cubiertas de queso parmesano. Suelo quedarme un rato a disfrutar de la compañía.

El vendedor de jamón siempre es el centro de atención. Le he contado sobre todas las malas citas que he tenido. Incluso le dio mi teléfono a un extraño que creyó que me gustaría. (No fue así). La nuestra no es precisamente una relación normal entre tendero y clienta, pero, a decir verdad, ninguna de mis amistades culinarias podría clasificarse como tal.

Me comunico por Snapchat con mi comerciante de quesos. Mi barista me deja entrar a la cafetería con una botella abierta de champaña de la noche anterior para acompañar mi dona matutina. La hija de mi chocolatero, que estudia en Nueva York, tiene el número de mi hermana en caso de emergencia. He llorado sobre el hombro de mi vendedor de vino más veces de las que puedo contar; la más reciente ocurrió cuando se mudó y sentí como si alguien me hubiera amputado una extremidad. ¿Ahora dónde bebería y lloraría? ¿En casa, como una persona normal?

Mi primo quedó impactado el año pasado cuando entramos a mi otra vinatería de preferencia y la tendera, Patty, que también es astróloga y tarotista, dijo que había estado pensando si era prudente llamarme para contarme algo que había visto en mi carta astral.

“¿La vendedora de la vinatería tiene tu número de teléfono?”, me preguntó.

Desde luego que tiene mi número, pensé. Si mi astróloga vendedora de vino no pudiera comunicarse conmigo, ¿cómo podría tener la seguridad de tomar decisiones espantosas en mi vida?

¿Cómo me he hecho de todos estos amigos culinarios en París? Compulsivamente, busco personas que estén atrapadas detrás de mostradores y se vean obligadas a escuchar mis anécdotas deprimentes. Vuelvo a los mismos lugares y comparto demasiado con personas que reciben un sueldo para ser amables conmigo hasta que desarrollan un tipo de síndrome de Estocolmo que nos convierte en amigos.

Fue sorprendente darme cuenta de que mi proveedor de jamón es una presencia más constante en mi vida que cualquiera de mis amigos, familiares o intereses románticos. A veces creo que necesito hacer algunos cambios en mi estilo de vida para que la primera persona que se dé cuenta de que desaparecí no sea el hombre que contribuye a mi costumbre de comer jamón.

Otros días, cuando hemos conversado de lo lindo, estoy llena de embutidos y me dio una salchicha botanera para al camino, creo que lo estoy haciendo bien después de todo.

Solía poder contar con que mi madre fuera la que intentara localizarme en caso de que ocurriera mi inoportuno asesinato; Dios sabe que se ha imaginado muchos finales espantosos para mí. No puedo especificar el número de veces que los oficiales de seguridad pública aparecieron frente a mi puerta en la universidad porque no le había devuelto las llamadas con suficiente rapidez.

Ahora, no sabe cómo llamar a mi número en Francia. Tiene problemas hasta para ponerse el cinturón de seguridad. Su cerebro y su cuerpo (y su cinturón de seguridad) simplemente ya no hacen clic como antes.

Dos meses después de que me mudé a Francia, se enteró de que padecía la enfermedad de Parkinson, un trastorno cerebral degenerativo. Mis padres nos lo dijeron el Día de las Madres. En realidad, a mis dos hermanas se lo contaron en persona y, después, me llamaron a mí, como familia, por Skype. A lo largo de esa conversación, mi madre no mostraba preocupación por ella misma ni por su futuro, sino por mí, pues ellos estaban juntos para procesar la noticia mientras que yo estaba sola.Es su más grande miedo: una de sus hijas, sola. Un temor que he exacerbado al mudarme al extranjero. No vine aquí para buscar una relación; vine por un trabajo. Cuando terminó ese empleo, me quedé, a pesar del disgusto de mi madre.

Para los demás, mi vida parisina debe parecer bastante perfecta, con todos los cruasanes y los largos paseos a lo largo del Sena. Lo que no ve la gente es a mi madre con una enfermedad crónica que llora en mi cuello y me ruega que no me vaya. Tampoco ven cómo subo al avión de cualquier manera, mientras ella se queda convencida de que soy como un monstruo.

“Solo me quedan algunos años más de calidad”, dice, y resulta conmovedor porque es cierto. El padre de mi amiga Katie se enteró de que tenía párkinson casi siete años antes que mi madre, así que su familia sirve de barómetro. Katie me recuerda constantemente que valore estos momentos porque son los años buenos, mientras el medicamento todavía funciona.

O funciona la mayor parte del tiempo. El año pasado, durante tres meses de amigdalitis, me quedé con mis padres en Massachusetts para tener atención médica. Tenía un irrigador nasal recetado que requería agua mineral. Cuando le pedí a mi madre que comprara algunas botellas, orgullosamente regresó con una caja de agua carbonatada. Le había dicho “mineral”, ¿no? Era incapaz de comprender por qué el agua mineral con gas era un problema.

Sí, estos son los años buenos, había bromeado en mi mente mientras torturaba mis senos nasales con San Pellegrino para que mi madre no se sintiera mal por su incapacidad cerebral de reunir todas las piezas del rompecabezas.

Es peligroso definir a alguien según su enfermedad. Ella es una mujer que padece párkinson, no el trastorno en persona. Además, según todas las evaluaciones, le está yendo bastante bien. Pudo bailar en la boda de mi hermana menor en octubre pasado. Para empezar, pudo asistir a la boda. No todos tienen tanta suerte.

No obstante, el sufrimiento de ver a un padre descomponerse, el dolor, amorfo y real, de perder a alguien aunque esté a tu lado, pasa factura. Estoy perdiendo a mi madre poco a poco. No está aquí, pero aún se encuentra aquí.

Sin importar lo difícil que sea para nosotros ver esta nueva realidad, es aún más difícil para ella experimentarla. A pesar de esto, hemos podido mantener un gran sentido del humor para intentar lidiar productivamente con nuestro dolor. Para la marcha de las personas con párkinson que se realizó en su honor, mi hermana nombró a nuestro equipo “Los agitadores y temblorosos”, porque, si no puedes reírte del padecimiento neurodegenerativo de tu madre, entonces ¿de qué puedes hacerlo?

Cuando estuve de regreso en Boston hace poco, hice una parada en la lavandería. Como vio que estaba sola, la encargada me preguntó en voz baja si algo malo le pasaba a mi madre.

“Ha venido aquí durante los últimos dieciséis años y siempre ha sido muy animada”, me dijo. “Pero ahora me hace la misma pregunta una y otra vez. Es lenta y cuidadosa cuando saca su cartera para pagar”.

Le expliqué lo del párkinson y cómo algunas personas pueden presentar algo de demencia.

Asintió. “Aquí no necesitas preocuparte por tu madre”, respondió. “Siempre la cuidaremos y la ayudaremos a llegar a casa”.

Que se ofreciera a hacerlo fue tan amable que más tarde lloré en mi auto. Es una preocupación constante que tengo: ¿quién la ayudará cuando yo no esté aquí? Me imagino que es la misma aprehensión que ella siente por mí. ¿Quién me ayudará cuando ella no esté aquí?

No debes preocuparte por mí, quiero susurrar. He creado algo de la nada en este lugar. Me he encargado de establecer un modo de vida. He encontrado lazos amistosos en Francia que me alimentan.

“Mi madre fue mi primer país, el primer lugar en el que viví”, alguna vez escribió la poetisa Nayyirah Waheed. Mi madre siempre será mi primer hogar, pero he aprendido una segunda lengua, una segunda cultura. He aprendido cómo construir un hogar para mí en el mundo y he aprendido a estar en casa dentro de mí misma.

Construir una vida lejos de mis seres queridos no es una decisión fácil. La única explicación que puedo ofrecer es que quizá esto es lo que siempre he estado haciendo, buscar a las personas que me ayudarán a encontrar mi camino de regreso a casa, donde sea que se encuentre.

*Catherine Down vive en París y es escritora culinaria; actualmente está terminando una colección de ensayos acerca de tener citas, comer y tomar decisiones cuestionables en la vida.



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