Opinión

Gobernar el infierno

Pascal Beltrán del Río
Analista | Miércoles 11 Julio 2018 | 00:00:00 hrs


Ciudad de México.- Alguien debería pasar el recado a los criminales que el 2 de julio amanecimos en un México nuevo, donde la reconciliación se respira en el aire. 

O será que no les ha llegado el mensaje de que se acabó la polarización y los mexicanos hemos entrado en una era de entendimiento y cordialidad.

Por lo que sea, ellos siguen en lo suyo. Es decir, continúan viviendo en el México viejo.

El pasado fin de semana se registraron matanzas en Nuevo León, Jalisco y Chihuahua.

En la zona metropolitana de Monterrey, seis bares fueron baleados en cosa de tres horas, entre la noche del sábado y la madrugada del domingo. Los ataques dejaron 15 muertos y ocho heridos.

En el área conurbada de Guadalajara, un grupo de sicarios irrumpió en una fiesta en la colonia Francisco I. Madero, del municipio de Tlaquepaque, y ejecutó a cinco mujeres y dos hombres.

En diferentes localidades de Chihuahua se contaron 12 asesinatos; en Ciudad Juárez, Ciudad Madera, Cuauhtémoc, Villa López, Bocoyna y la capital del estado.

Los asesinatos no ocurrieron sólo en esas tres entidades. También los hubo en Baja California, Guanajuato, Guerrero, Oaxaca, San Luis Potosí y la Ciudad de México.

Los criminales no han contenido sus acciones a causa del resultado de las elecciones y no hay razón para pensar que lo harán en los tiempos por venir.

México está metido desde hace años en una espiral de violencia, que en meses recientes ha ido al alza y ha roto todos los registros.

En encuestas previas a las elecciones, los mexicanos mencionaban la inseguridad como uno de los principales problemas del país y es muy posible que el hartazgo ciudadano con los homicidios, asaltos, extorsiones, secuestros y otros hechos delictivos hayan empujado a los votantes a provocar un cambio radical en el mapa político de la República.

Sin embargo, como digo, el mero hecho de votar masivamente por una opción distinta no parece haber estimulado a los criminales a refrenarse.

Por supuesto, la violencia actual no es responsabilidad de los gobernantes y representantes recién elegidos. Ellos todavía no toman posesión. Y por una antigua y perniciosa costumbre, no entrarán en funciones, sino hasta dentro de muchas semanas. 

Lo que deben entender ya quienes asumirán el poder –no sólo la Presidencia de la República, sino gubernaturas de estados violentos como Tabasco y Veracruz y urbes como Ciudad Juárez, Acapulco y Culiacán– es que los criminales no les regalarán una rama de olivo como un símbolo de bienvenida.

Es probable que, por el contrario, estén dispuestos a retarlos. Y, por ello, deberán estar preparados. A partir de que tomen posesión de sus respectivos cargos, irán a su cuenta los muertos, los secuestrados y los desaparecidos.

La violencia criminal no es el mal en sí mismo, sino el síntoma de algo que no funciona en la convivencia. He escuchado y leído que las autoridades electas la atribuyen a la pobreza y quieren acabar con ella con justicia social y reconciliación.

No he entendido muy bien a quiénes quieren reconciliar. ¿A víctimas y victimarios?

No tengo la impresión de que la violencia que vivimos sea semejante a la de los conflictos armados que se vivieron en Centroamérica en los años 70 y 80 y que se trataron de solucionar con tratados de paz.

Tampoco pienso que estemos ante una violencia estilo albanés cuyo motor principal es la venganza del tipo “mataste a mi hijo, ahora mato al tuyo”, que podría solucionarse apelando al perdón.

Me da la impresión, más bien, que la violencia que enfrentamos es multifactorial y que la fuerza más importante que la mueve es la ambición de ganancias económicas y lo que la hace posible es la impunidad y la falta de Estado de Derecho.

Un diagnóstico que sí parece certero por parte de las autoridades que fueron elegidas hace diez días es que la corrupción es uno de los lubricantes de la criminalidad que nos asuela como país.

Ojalá tengan éxito en combatir esa corrupción, que sirve como una perversa cadena de transmisión entre los gobernantes y las policías y entre éstas y los delincuentes.

El problema es que la mayoría de las medidas para acabar de raíz con la violencia son de mediano y largo plazos, entre ellas la construcción de cuerpos policiacos confiables y eficaces. 

Y no sé qué tan duradera será la paciencia de los mexicanos con sus nuevos gobernantes.



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