Opinión

Cuarta transformación

Sergio Sarmiento
Periodista | Viernes 10 Agosto 2018 | 00:00:00 hrs


Ciudad de México.— No me imagino a Miguel Hidalgo diciendo, en el momento en que hacía sonar la campana de Dolores el 16 de septiembre de 1810, "De esta manera estoy empezando la primera gran transformación de México". Tampoco puedo pensar en Benito Juárez declarando en 1857 que él representaba la segunda, ni a Francisco I. Madero sosteniendo en 1910 que era impulsor de la tercera.  

Antes de la campaña electoral de 2018 nunca había escuchado de alguna interpretación que dividiera la historia de México en tres grandes transformaciones. Andrés Manuel López Obrador la propuso en la contienda, pero sólo para sostener que él encabezaría la cuarta. El mismo López Obrador, sin embargo, no ha sido muy preciso acerca de estas transformaciones, ya que en ocasiones ha incluido la gestión de Lázaro Cárdenas en el paquete.  

No hay duda de la resonancia que tiene el término "la cuarta transformación". Recuerda un poco esa "quinta república" creada por Charles de Gaulle en 1958 y que le permitió al general convertirse en una leyenda en la historia de Francia. Es una expresión redonda que parece tener gran profundidad. 

La idea de que López Obrador realizaría una cuarta transformación de México se convirtió en un poderoso lema de campaña y ayudó a dar al candidato ese aire mesiánico que entusiasmó a tantos de sus seguidores, pero la verdad es que los períodos históricos no pueden definirse previamente. Hidalgo no tenía conciencia de estar iniciando una guerra de independencia; quería acabar con el mal gobierno y preservar la corona de la Nueva España para el heredero legítimo, Fernando VII. Ni Juárez ni Madero quisieron construirse un lugar personal en la historia, el cual sólo se logró cuando pudieron construir un legado. Sólo los historiadores posteriores podrán determinar si el gobierno de López Obrador será una gran transformación o una franca decepción. Que el próximo presidente lo pregone de antemano parece un gesto de arrogancia.  

Todos los gobernantes llegan al poder con la idea de que van a realizar grandes transformaciones. Cuando Vicente Fox lo hizo en el 2000 afirmó que se aproximaba una nueva era de honestidad y eficiencia en el gobierno porque el PRI había sido finalmente expulsado de Los Pinos. Enrique Peña Nieto ganó en 2012 con la afirmación de que los priistas, que sí sabían gobernar, regresaban al poder para corregir los desvaríos de los años del panismo.  ¿Cómo será la presidencia de López Obrador? No sabemos. Algunas de sus propuestas son positivas; nadie puede objetar, por ejemplo, la idea de combatir la corrupción, aunque esto es algo que han prometido todos los presidentes en el pasado. Preocupa, sin embargo, la falta de medidas concretas para éste y otros objetivos: el solo ejemplo de un presidente honesto no garantiza la limpieza de un gobierno. Debe aplaudirse la idea de un gobierno que gaste más y mejor, sin subir impuestos y sin elevar el déficit; el problema es que las cifras no cuadran hasta ahora y no se han cuantificado algunos proyectos, como la descentralización del gobierno, que pueden ser extraordinariamente costosos e inútiles.  

No tengo problemas cuando escucho a un político que dice que quiere transformar el país: para lograrlo hay que empezar con la intención. Me preocupa uno que piensa que su sola presencia en el gobierno garantiza una transformación histórica de México.  

Competencia

Aplaudo el retorno del SME, ahora como proveedor de electricidad en competencia con la CFE. Reemplazar a un monopolio por otro no funciona. Si queremos mejor electricidad y más barata, necesitamos competencia en el sector. Ojalá que la empresa del SME la proporcione.  

 



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