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Cien días de 'cuento'

Agencias | Miércoles 29 Agosto 2018 | 00:00:00 hrs

El príncipe Enrique y la actriz Meghan Markle, ahora duquesa de Sussex


Ciudad de México—A medida que los monarcas británicos han ido cediendo sus poderes terrenales en un camino sin retorno hacia el mero simbolismo ha resultado más necesario afianzar, si no la utilidad, al menos la fascinación que despierta una institución cuestionada a diario. Y nada fascina más que un cuento de hadas.

Cien días después de la boda del príncipe Enrique, sexto en la línea sucesoria, con la actriz estadounidense Meghan Markle, el baile sigue y el hechizo entre aquellos británicos proclives a dejarse hechizar conserva todo su poder.

Son muchas más las cosas que han cambiado para que una actriz estadounidense divorciada y con mezcla de raza en su sangre haya sido acogida con júbilo por la familia real y los monárquicos del Reino Unido.

Las extravagancias del padre o del hermano de Meghan, aireadas por la prensa amarilla y las televisiones antes y después de la ceremonia nupcial, han sido pasadas por alto sin mucho escándalo.

A cambio, todo han sido elogios hacia Doria Ragland, la madre de Meghan, una trabajadora social estadounidense que deslumbró con su elegancia y saber estar el día de la boda; o hacia la propia Meghan, ahora duquesa de Sussex, por la naturalidad con la que parece haberse ganado el afecto de la reina, de sus cuñados y del público británico en general.

Cien días, en cualquier caso, son pocos días para comprobar si la entrada de la actriz estadounidense en la vida de la familia más escrutada y analizada del Reino Unido será un regalo o un quebradero de cabeza para la institución.

De momento, ha servido para dar un cierto baño de modernidad a la imagen de la realeza. Que los duques de Sussex visiten en sus vacaciones de verano a su amigo el actor George Clooney y su mujer Amal Clooney en el Lago de Como, en la región italiana de Lombardía, despierta sin duda más fascinación que una escapada al castillo de Balmoral.

El glamour incorporado por la pareja de Enrique y Meghan a la familia real no ha reportado más que beneficios. Ha dulcificado la imagen de la reina Isabel, que al parecer hizo enseguida buenas migas con la mujer de su nieto.

Ha permitido a los británicos monárquicos congratularse consigo mismos por este baño de siglo 21 que supone aceptar con naturalidad la incorporación a la realeza de una divorciada, hija de un matrimonio interracial, actriz y empresaria de éxito en las redes sociales -es decir, una persona normal-.

Además, ha dado material de trabajo a los cronistas sociales del Reino Unido; y sobre todo, y quizá sea lo más importante, ha permitido resaltar la normalidad sin sobresaltos con que las tres figuras claves en la monarquía británica están desempeñando sus respectivos papeles en la actualidad.

La reina mantiene una agenda activa, si bien ya solo doméstica, sin viajes al exterior, mientras su consorte, el duque de Edimburgo, de 97 años, vive apaciblemente retirado de la vida pública.

El heredero al trono, Carlos, ha recuperado cierto idilio con el público británico, lleva una vida tranquila y cumple discretamente con su cada vez más relevante papel constitucional.

Su hijo y segundo en la línea sucesoria, el príncipe Guillermo y su mujer Catalina, el duque y la duquesa de Cambridge, se han adaptado como un guante al rol anodino y exento de sorpresas que se espera de ellos.

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